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Un equipo internacional de científicos demostró que el cerebro puede almacenar recuerdos de frío y usarlos para anticipar y regular la temperatura corporal, abriendo posibles caminos terapéuticos para tratar trastornos metabólicos como la obesidad.
El cerebro no solo almacena recuerdos de experiencias de frío, sino que además utiliza estos recuerdos para regular cómo el cuerpo produce calor. Eso es lo que un equipo de investigadores, liderados por el profesor Tomás Ryan del Trinity College Dublin, propone en un estudio publicado en la revista Nature. Los hallazgos sugieren que los recuerdos de frío almacenados en el cerebro tienen un impacto directo en la termogénesis, el proceso mediante el cual el cuerpo genera calor para mantener su temperatura constante.
Durante más de quince años, los neurocientíficos han estudiado cómo los engramas, las modificaciones físicas o químicas en las neuronas, permiten la formación de memorias en el cerebro. Estos engramas han sido identificados en estudios previos relacionados con memorias de miedo, placer, dolor e incluso habilidades para navegar por un laberinto. Sin embargo, la investigación actual marca la primera vez que se demuestra que el cerebro también es capaz de almacenar recuerdos relacionados con experiencias de frío.
La capacidad de almacenar recuerdos de frío resulta esencial para la regulación térmica del cuerpo, especialmente en un entorno donde las temperaturas pueden variar de manera constante. El cerebro necesita poder detectar o incluso predecir cuándo hará frío, para luego enviar señales al cuerpo que permitan mantener la temperatura corporal en 37°C, una tarea fundamental para el bienestar del organismo. Ante la exposición al frío, el cerebro instruye al cuerpo para que queme tejido adiposo marrón, un tipo de tejido adiposo especializado en la generación de calor.
El estudio se centró en demostrar que el cerebro utiliza la memoria de experiencias anteriores para regular la temperatura corporal. Para ello, los científicos entrenaron a ratones para asociar una temperatura de 4°C con claves visuales específicas. Después de varios días, los mismos estímulos visuales fueron presentados a los ratones en un ambiente de temperatura ambiente, sin la presencia de frío. A pesar de la temperatura cálida, los ratones comenzaron a incrementar su metabolismo, anticipando que el frío estaba por llegar, lo que indicaba que efectivamente el cerebro había formado recuerdos vinculados a esos estímulos visuales. Utilizando la optogenética, una técnica que permite controlar la actividad de las neuronas por medio de la luz, los científicos activaron artificialmente los engramas de frío en el hipocampo de los ratones, lo que desencadenó un aumento en la producción de calor, incluso sin exposición al frío. Esto reforzó la idea de que el cerebro no solo almacena recuerdos de frío, sino que estos recuerdos pueden activar procesos fisiológicos que ayudan a mantener la temperatura corporal.
El cuerpo humano constantemente forma memorias y hace predicciones sobre el mundo basándose en nuestras creencias y experiencias. Este proceso de predicción no solo influiría en nuestra percepción del entorno, sino también en la regulación de funciones biológicas esenciales. Los investigadores sugieren que este mecanismo podría tener aplicaciones terapéuticas en el tratamiento de diversas enfermedades. Por ejemplo, trastornos metabólicos como la obesidad o ciertos tipos de cáncer podrían beneficiarse de una manipulación de la termorregulación, específicamente a través del control de la actividad del tejido adiposo marrón.
A medida que se profundiza en el estudio de los mecanismos que vinculan la memoria con la regulación del organismo, podrían desarrollarse enfoques innovadores que permitan al cuerpo responder de manera diferente ante distintas condiciones médicas.