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Durante décadas, la proliferación de terapias alternativas dirigidas a personas autistas ha avanzado más rápido que la evidencia que las respalda. Un nuevo estudio viene a poner orden en ese panorama: tras revisar de forma sistemática la literatura disponible, los autores concluyen que no existe evidencia sólida que justifique el uso de ninguno de estos enfoques, y que en muchos casos ni siquiera se ha evaluado adecuadamente su seguridad.
La investigación, desarrollada por equipos de la Universidad Paris Nanterre, la Universidad Paris Cité y la Universidad de Southampton, analizó 248 meta-análisis que integran datos de más de 10.000 personas. Se trata de lo que se conoce como una umbrella review, un diseño que no evalúa estudios aislados, sino que examina el conjunto de revisiones sistemáticas disponibles para ofrecer una visión global del estado de la evidencia.

El foco estuvo puesto en 19 tipos de intervenciones agrupadas bajo la categoría de medicinas complementarias, alternativas e integrativas. Entre ellas se incluyeron desde suplementos dietarios, probióticos y vitaminas, hasta terapias asistidas con animales, musicoterapia, acupuntura y técnicas de estimulación cerebral no invasiva. Pese a la diversidad de enfoques y a su uso extendido, los resultados fueron consistentes: los efectos positivos reportados son débiles, poco confiables o se apoyan en estudios de baja calidad metodológica.
Un aspecto particularmente preocupante es la escasa atención que se ha prestado a la seguridad. Menos de la mitad de las intervenciones contaban con datos mínimos sobre tolerabilidad, aceptabilidad o posibles efectos adversos. En la práctica, esto significa que muchas de estas terapias se utilizan sin una base clara que permita evaluar no solo si funcionan, sino también si pueden causar daño.
El estudio no ignora el contexto en el que estas prácticas se vuelven atractivas. Muchas personas autistas —y sus familias— buscan apoyos que alivien dificultades reales que afectan la calidad de vida, como la ansiedad, la sobrecarga sensorial o conductas repetitivas que, en algunos casos, pueden derivar en autolesiones. Según los propios autores, hasta un 90 % de las personas autistas ha probado al menos una intervención de este tipo en algún momento.
Al mismo tiempo, la investigación subraya una tensión de fondo: para amplios sectores de la comunidad autista, la noción misma de “tratar” el autismo resulta problemática. No se trata de una enfermedad que deba curarse, sino de una condición neurodiversa que requiere comprensión, apoyos adecuados y entornos más accesibles. Desde esa perspectiva, el énfasis exclusivo en intervenciones correctivas puede resultar no solo ineficaz, sino también éticamente cuestionable.
Con el objetivo de transparentar la evidencia disponible, los investigadores desarrollaron además una plataforma digital abierta, donde cualquier persona puede consultar qué se ha estudiado sobre cada intervención y con qué nivel de respaldo científico. La idea no es prescribir decisiones, sino favorecer elecciones informadas, basadas en la calidad real de los datos y no en expectativas infundadas. Más que cerrar el debate, el estudio introduce un criterio claro: cuando se trata de intervenciones dirigidas a personas con autismo, no basta con buenas intenciones ni con estudios aislados. Evaluar el conjunto de la evidencia, su solidez y sus límites es una condición mínima para no enfocar las intervenciones en suprimir conductas, sino que en mejorar la calidad de vida.